SEBASTIÁN MARSET ES ENTREGADO A LA DEA Y VUELA HACIA SU DESTINO FINAL EN ESTADOS UNIDOS
El hombre más buscado del continente, aquel que logró burlar a la policía de varios países y que convirtió a Santa Cruz en su último escondite de lujo, finalmente ha perdido la partida. En un operativo que pareció sacado de una película de espionaje, Sebastián Marset fue trasladado bajo un despliegue de seguridad nunca antes visto en Bolivia. El narcotraficante uruguayo, que durante meses se movió como un fantasma entre mansiones y equipos de fútbol, fue entregado a agentes de la DEA en una pista de aterrizaje blindada, marcando el cierre de un capítulo de burlas a la justicia y el inicio de su rendición de cuentas ante los tribunales más severos del mundo: los de Estados Unidos.
El desarrollo de esta captura y posterior entrega fue el resultado de una cacería humana que no dio tregua. Tras su sorpresiva caída en suelo cruceño, donde las autoridades lograron cercarlo tras seguirle el rastro por meses, el Gobierno boliviano decidió no correr riesgos. Se sabía que Marset no era un delincuente común; su red de contactos y su inmenso poder económico lo hacían un objetivo con alto riesgo de fuga o de rescate violento. Por ello, las gestiones para su extradición se aceleraron en tiempo récord. Agentes de élite custodiaron cada paso del traslado, desde su celda de máxima seguridad hasta la puerta del avión que lo sacaría definitivamente de la región para enfrentar cargos por tráfico masivo de drogas y lavado de dinero a escala global.
Durante el trayecto hacia la aeronave estadounidense, el silencio en el aeropuerto era total. Marset, quien alguna vez se grabó enviando mensajes desafiantes a los ministros y a la policía, esta vez no tenía nada que decir. Vestido con chaleco antibalas y rodeado de agentes extranjeros fuertemente armados, el hombre que puso en jaque la seguridad del Cono Sur entendió que su red de protección se había desintegrado. La importancia de este traslado radica en el mensaje que envía: la impunidad tiene fecha de caducidad. Su llegada a Estados Unidos no solo significa que pasará décadas tras las rejas, sino que también abre una «caja de Pandora» de información sobre quiénes lo ayudaron a esconderse y prosperar en Bolivia y los países vecinos.
El desenlace de esta histórica operación deja un sabor de victoria para la justicia internacional, pero también una advertencia para quienes intentan seguir sus pasos. Con el motor del avión rugiendo antes de despegar hacia territorio norteamericano, se puso fin a la leyenda del «capo» que creyó que podía comprarlo todo. Hoy, Marset ya no es el dueño de una fortuna incalculable, sino un prisionero más bajo la custodia de la justicia estadounidense. Para Bolivia, su partida significa un respiro y el cierre de un escándalo que puso al país en el ojo de la tormenta, mientras que para el mundo es la prueba de que, tarde o temprano, los caminos del crimen terminan en un callejón sin salida.